El régimen cubano volvió a recurrir a su libreto más gastado para responder a una crítica externa. Esta vez, el blanco fue el presidente socialista de Chile, Gabriel Boric, quien en declaraciones recientes calificó a Cuba como una dictadura y definió a Fidel Castro como un dictador. La reacción de La Habana no se hizo esperar: acusaciones de “oportunismo político”, sumisión al “imperialismo” y la clásica advertencia sobre la supuesta amenaza de la “extrema derecha neofascista”.
Desde la red social X, el canciller cubano, Bruno Rodríguez, reprochó que en un contexto en el que —según el discurso oficial— América Latina estaría “agredida y amenazada por Estados Unidos”, un gobernante de la región prefiera criticar a Cuba. Sin mencionar directamente a Boric en un inicio, el mensaje fue inequívoco. Luego, el tono subió: Rodríguez afirmó que el mandatario chileno “dilapidó su tiempo” y que sus “errores e inconsecuencias” entregaron Chile a la “extrema derecha neofascista”.
La respuesta cubana no solo evita el fondo del asunto —la ausencia de libertades políticas, elecciones libres y derechos civiles en la isla—, sino que también distorsiona deliberadamente la realidad chilena. En Chile no hubo golpes de Estado ni imposiciones externas: hubo elecciones democráticas, con alternancia de poder, y un electorado que decidió castigar el fracaso de un proyecto político. Algo que el régimen cubano jamás ha permitido en más de seis décadas.
Resulta particularmente revelador que La Habana acuse a Boric de “servir al imperialismo” por llamar dictadura a una dictadura. Para el castrismo, cualquier crítica, incluso proveniente de la izquierda, se convierte automáticamente en traición. El problema no es Boric, sino el espejo incómodo que coloca frente al régimen: un presidente socialista que reconoce públicamente que en Cuba no hay democracia.
La narrativa oficial cubana omite un detalle esencial: Boric no “entregó” Chile a nadie. Su mandato concluirá el 11 de marzo de 2026 y el poder será transferido a José Antonio Kast como resultado de un proceso electoral. Ese simple hecho —la entrega pacífica del poder— desarma por completo el discurso del régimen cubano, que necesita demonizar la alternancia democrática porque carece de ella.
Quizás lo que realmente incomoda a La Habana es que el pueblo chileno haya comprobado, una vez más, que el socialismo prometido no resolvió sus problemas y optara por otra alternativa. Para el castrismo, esa decisión soberana es inaceptable. No sería extraño que el régimen hubiera preferido un escenario distinto: un fraude electoral, una imposición autoritaria o un resultado “administrado”, como el que respalda abiertamente en Venezuela con Nicolás Maduro.
La reacción contra Boric confirma que el régimen cubano sigue siendo incapaz de reconocer sus propios fracasos. En lugar de debatir ideas o asumir responsabilidades, recurre a consignas vacías, enemigos externos y acusaciones ideológicas. Es la misma retórica de siempre, repetida una y otra vez, mientras Cuba continúa sin elecciones libres, sin pluralismo político y sin un horizonte real de cambio.
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