La historia del béisbol cubano perdió este lunes a una de sus figuras más emblemáticas. Lázaro Marino Junco Neninger, reconocido por generaciones de aficionados como uno de los bateadores más temidos de las Series Nacionales, falleció a los 67 años tras enfrentar una prolongada enfermedad.
La noticia provocó numerosas muestras de pesar dentro del deporte cubano. Autoridades deportivas, exjugadores y aficionados recordaron la trayectoria de quien dejó una huella imborrable en los diamantes de la Isla gracias a su extraordinaria capacidad ofensiva.
Natural del municipio matancero de Limonar, Junco desarrolló prácticamente toda su carrera con equipos de Matanzas, convirtiéndose en uno de los mayores referentes del béisbol provincial. Su nombre quedó grabado en la historia al convertirse en el primer pelotero cubano en alcanzar la cifra de 400 cuadrangulares en Series Nacionales, una marca que durante años simbolizó el poder ofensivo dentro del campeonato doméstico.
A lo largo de 18 temporadas defendió las camisetas de conjuntos como Citricultores y Henequeneros. Su capacidad para producir carreras y cambiar el rumbo de los partidos con un solo swing lo llevó a liderar el departamento de jonrones en múltiples campañas, consolidándose entre los bateadores más respetados de su generación.
Uno de los momentos más recordados de su carrera internacional ocurrió durante el Campeonato Mundial de Béisbol de 1984, celebrado en La Habana. En aquella competencia fue llamado como bateador emergente y respondió conectando un cuadrangular, una acción que quedó registrada entre los episodios memorables de su trayectoria deportiva.
Años después de su retiro, Junco continuó vinculado al béisbol desde la formación de nuevas generaciones. Trabajó como profesor en la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE) de Matanzas y colaboró con los cuerpos técnicos de los equipos de la provincia, transmitiendo su experiencia a jóvenes talentos.
Su popularidad entre los aficionados quedó demostrada en numerosas ocasiones. Una de ellas ocurrió durante una clínica de béisbol celebrada en el estadio Victoria de Girón, donde el público reclamó su presencia en el terreno. El reconocimiento recibido aquella jornada reflejó el respeto y la admiración que despertaba entre seguidores y figuras del béisbol internacional.
Antes de convertirse en una de las grandes figuras de Matanzas, Junco tuvo la posibilidad de integrar otros equipos de mayor tradición dentro del campeonato cubano. Sin embargo, decidió regresar a su provincia natal, donde construyó una carrera que lo convirtió en símbolo del béisbol matancero.
Con su fallecimiento desaparece uno de los grandes referentes ofensivos de las Series Nacionales. Su legado permanecerá asociado a una época en la que sus batazos y récords lo convirtieron en una de las figuras más admiradas del béisbol cubano.
Fuente: Jit
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