La capital cubana vive días en los que el aire pesa. No es una metáfora. Es humo, basura acumulada y abandono. Y mientras muchos callan, el humorista Rigoberto Ferrera ha decidido usar su voz —y su alcance en redes— para señalar lo que cada vez más habaneros sufren a diario: la ciudad se está convirtiendo en un vertedero al aire libre.
Ferrera ha advertido en sus publicaciones que esto ocurre “antes de que la empiecen a quemar y no se pueda respirar… de hecho, ya no se puede respirar”. Sus palabras no exageran una realidad que se repite en distintos municipios. Montañas de desechos se acumulan durante días o semanas, hasta que la solución más común termina siendo prenderles fuego. El resultado: humo tóxico, cenizas flotando en el aire y un olor penetrante que invade viviendas, escuelas y hospitales.
El humorista ha mostrado imágenes y testimonios de zonas donde la basura se apila cerca de edificios residenciales, paradas de ómnibus e incluso centros médicos. No es un caso aislado. En barrios como Centro Habana, Diez de Octubre y Cerro, vecinos han denunciado situaciones similares: contenedores desbordados, calles convertidas en microvertederos y niños jugando a pocos metros de focos contaminantes.
Lo que diferencia a Ferrera es que no solo expone; insiste. Con el lenguaje directo que lo caracteriza, mezcla sátira y denuncia para visibilizar una crisis ambiental que impacta la salud pública. Sus seguidores —que suman miles dentro y fuera de Cuba— amplifican cada publicación, comparten fotos de sus comunidades y exigen respuestas. La interacción en sus plataformas demuestra que el problema no es puntual, sino estructural.
En varias intervenciones, Ferrera ha señalado que la quema de basura no es una solución, sino un agravante. El humo de plásticos y residuos orgánicos genera afectaciones respiratorias, especialmente en niños y ancianos. Personas asmáticas han reportado crisis frecuentes cuando el viento arrastra la humareda hacia sus hogares. Y mientras tanto, la recogida sistemática de desechos continúa siendo irregular.
La labor del humorista se ha convertido en una forma de activismo cívico. Desde el escenario digital, transforma la indignación colectiva en presión pública. No se trata solo de hacer reír; se trata de incomodar, de obligar a mirar lo que muchos prefieren ignorar.
Porque cuando el aire se vuelve irrespirable, el silencio también asfixia. Y Ferrera, con humor y firmeza, ha decidido no quedarse callado.
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