Mientras la cúpula del poder en Cuba inaugura el 2026 con consignas recicladas y palabras grandilocuentes, la vida cotidiana de millones de cubanos sigue marcada por la escasez, el cansancio y la incertidumbre. Las declaraciones de Roberto Morales Ojeda, Secretario de Organización del Comité Central del Partido, presentan al pueblo como “protagonista principal de la resistencia y la victoria”, suenan huecas para quienes pasan horas sin electricidad, sobreviven con una alimentación mínima o han visto desmoronarse los servicios básicos que antes se daban por garantizados.
El discurso oficial insiste en una épica que ya no conecta con la experiencia real de la ciudadanía. Hablar de “victoria” en un país donde los salarios no alcanzan, los hospitales carecen de recursos esenciales y la emigración se ha convertido en la principal válvula de escape, parece más un acto de propaganda que una lectura honesta del país. La resistencia existe, sí, pero no como triunfo político, sino como mecanismo de supervivencia frente a un modelo que no logra ofrecer soluciones.
El inicio del llamado “Año del Centenario de Fidel Castro” vuelve a colocar al pasado como refugio simbólico. La figura del líder histórico es utilizada como ancla ideológica en un presente sin respuestas claras.
"Este aniversario tiene, en el horizonte cercano, una resonancia aún más profunda. El año 2026 se aproxima como un faro histórico: el centenario del natalicio del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. La figura del Comandante se entrelaza de manera indisoluble con la epopeya del 1 de enero.
Fue su pensamiento estratégico, su fe absoluta en el pueblo y su liderazgo audaz el que guió la lucha desde la montaña hasta la victoria total". Este discurso vacío y repetitivo formó parte del texto expuesto por Morales Ojeda.
Sin embargo, para gran parte de la población, las referencias constantes a Fidel no resuelven el apagón de la noche, ni llenan el refrigerador vacío, ni garantizan medicamentos en una farmacia desabastecida.
La reiteración del lenguaje triunfalista cumple una función: desplazar el debate real. En lugar de asumir responsabilidades, reconocer errores estructurales o anunciar cambios profundos, el poder opta por apelar a la épica, a la resistencia y al sacrificio eterno del pueblo. Ese pueblo al que se le pide aguantar siempre un poco más, mientras las decisiones siguen concentradas en los mismos espacios cerrados.
Las redes sociales se han convertido en un termómetro de esa desconexión. Cada mensaje oficial cargado de optimismo genera oleadas de respuestas críticas, testimonios de carencias y preguntas incómodas. No es apatía lo que domina, sino hartazgo. Un hartazgo que crece cuando se repite el mismo guion año tras año, como si la realidad pudiera maquillarse con consignas.
Cuba entra en 2026 con una crisis profunda y prolongada. Presentarla como una “victoria” no la hace desaparecer. Al contrario, amplía la brecha entre el discurso del poder y la vida real de la gente. Y en esa distancia, cada vez más evidente, se revela una verdad incómoda: el pueblo resiste, sí, pero no gracias al sistema, sino a pesar de él.
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