En uno de sus textos recientes, el padre Alberto Reyes Pías parte de un recuerdo de infancia para cuestionar uno de los pilares del marxismo-leninismo: la subordinación total del individuo a la llamada “causa”. Evoca una escena de una obra de teatro donde un grupo de jóvenes bolcheviques se organiza como comando revolucionario. Dos de ellos comienzan a enamorarse y el líder del grupo, preocupado, sentencia: “se perderán para la causa”. En aquel contexto, explica Reyes, la frase parecía coherente con la promesa de “el bien para toda la sociedad” y “el fin de la opresión y la injusticia”. El ideal justificaba cualquier sacrificio.
Con el paso del tiempo y la llegada del pensamiento crítico —entendido como la capacidad de pensar por uno mismo— esa misma frase adquiere otro significado: ya no suena romántica, sino alarmante. La conclusión a la que llega el sacerdote es contundente: en esa lógica, la persona no importa. No importan la vida, el proyecto personal, la familia ni el futuro. Lo único que importa es el ideal abstracto, una “causa” que termina absorbiendo toda la energía de quienes la sostienen, mientras el poder real se mantiene en manos de otros.
Reyes conecta esa reflexión con la experiencia cubana y con el costo humano de décadas de sacrificios. Menciona la larga lista de cubanos enviados a conflictos lejanos —Argelia, Congo, Bolivia, Angola, Etiopía, Nicaragua, Ucrania, entre otros— en guerras ajenas a la nación. Son muertes que dejan familias rotas, padres sin hijos, hijos sin padres, parejas sin compañero. A quienes toman las decisiones, señala, les basta con invocar la “valentía” y el “heroísmo”, pero no ofrecen un respaldo real y duradero a los que quedan atrás.
También están los que se separaron de sus hogares para cumplir “misiones” en el extranjero, buscando ingresos que en la Isla no podían obtener. Muchos lograron enviar ayuda material, pero pagaron un precio emocional altísimo: matrimonios destruidos, padres envejeciendo solos, hijos marcados por la ausencia. El intento de salvar a la familia terminó, en no pocos casos, causándole un daño irreversible.
Para el párroco, el problema no es solo político, sino ético: cuando un sistema coloca una idea por encima de la dignidad concreta de cada ser humano, termina justificando cualquier abuso. Por eso afirma que la defensa posible es simple y radical a la vez, resumida en una palabra breve pero decisiva: “No”. No entrar en el juego, no dejarse usar, no aceptar situaciones donde otros deciden por ti y luego es casi imposible salir.
La reflexión de Reyes no es un discurso teórico, sino una advertencia nacida de la experiencia: ningún proyecto que exija borrar al individuo en nombre de un futuro perfecto puede considerarse verdaderamente humano. Porque cuando la “causa” vale más que la persona, lo que se pierde no es solo a alguien para el ideal, sino a la sociedad misma.
Del perfil del Padre Alberto Reyes Pías
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