La profunda crisis eléctrica que golpea a Cuba ha abierto una ventana estratégica que China no ha dejado pasar. En medio de apagones prolongados y un sistema energético colapsado, el gigante asiático ha intensificado su presencia en la isla con proyectos que, más allá de aliviar la emergencia, consolidan su influencia económica y tecnológica a largo plazo.
El embajador chino en La Habana, Hua Xin, anunció recientemente nuevos acuerdos para enfrentar la “compleja situación electroenergética”. Bajo el discurso de cooperación y soberanía energética, Pekín ha impulsado la instalación acelerada de parques solares y el suministro de equipos, posicionándose como un socio clave en un momento en que el régimen cubano carece de alternativas reales.
Según datos oficiales, Cuba ha incrementado significativamente su capacidad de generación solar en el último año, con decenas de parques conectados al sistema eléctrico nacional y un ambicioso plan de expansión hasta 2028. Además, miles de sistemas fotovoltaicos domésticos han sido instalados en viviendas y centros sociales, en su mayoría con tecnología y financiamiento chinos.
Sin embargo, este despliegue no es altruista. La creciente dependencia de equipos, repuestos y asistencia técnica provenientes de China crea una nueva forma de subordinación. En lugar de resolver las causas estructurales del colapso energético —como la falta de inversión, la ineficiencia estatal y el control centralizado—, el régimen parece estar sustituyendo una dependencia por otra.
Para Pekín, Cuba representa una oportunidad estratégica en el Caribe. Su enfoque ha sido cuidadosamente calibrado: evita una confrontación directa con Estados Unidos, pero avanza en sectores clave como la energía, donde puede consolidar influencia sin necesidad de presencia militar. Este modelo le permite proyectar poder a través de la economía y la tecnología, reforzando su posición en América Latina.
Las inversiones chinas en energías renovables en la región han crecido de forma sostenida durante la última década, y Cuba se ha convertido en un punto de entrada relevante. La exportación de paneles solares, baterías y servicios asociados no solo abre mercados para sus empresas, sino que también le otorga capacidad de influencia sobre infraestructuras críticas.
Mientras tanto, el régimen cubano utiliza estos acuerdos como propaganda, presentando la energía solar como solución estructural a la crisis. No obstante, la realidad en las calles es distinta: los apagones continúan afectando a millones de ciudadanos, evidenciando que los proyectos en marcha aún están lejos de cubrir la demanda nacional.
En este contexto, la crisis energética se convierte en un campo de disputa geopolítica. China avanza con pragmatismo, aprovechando el vacío dejado por otros actores, mientras el gobierno cubano refuerza su dependencia externa para sostener un modelo que no logra responder a las necesidades básicas de la población.
Fuente: La Razón
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