En una calle cualquiera de Holguín, bajo la sombra escasa de los árboles, un pequeño mostrador improvisado exhibe la nueva medida de la crisis energética: jabas de carbón vegetal alineadas como si fueran pan del día. No hay sacos grandes ni montones que llenen el aire de polvo; solo bolsas “rellenadas a ojo”, listas para venderse a 250 pesos cada una. Cerca, una moto eléctrica estacionada recuerda tiempos en que la electricidad duraba más que una carga completa.
En barrios donde la electricidad apenas llega a seis horas diarias, el carbón se ha convertido en una necesidad urgente. La gente depende de estas pequeñas porciones para mantener la cocina encendida. Caridad, holguinera de 71 años, explica con naturalidad: “No pesan las jabas ni nada, las llenan hasta donde quepa y así mismo las venden. La gente las compra porque para pagar un saco ya se necesita otro nivel de recursos. Esto, al menos, resuelve para cocinar lo de hoy”.
Los sacos grandes, antes referencia habitual para cocinar en fogones de carbón, superan los 1.700 pesos, un lujo inalcanzable para la mayoría de los hogares. Las jabas, con apenas tres o cuatro libras, cubren lo justo para una comida diaria. “Si hoy no compras, mañana quién sabe”, comenta Caridad mientras lleva una de las jabas a su casa, resignada a que esta pequeña medida será lo único que mantendrá la cocina encendida por unas horas más.
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