Las cosas de Trump después de un año de mandato

La proximidad del 20 de enero lleva a hacer, sin moratoria, un análisis del primer año de la administración de Donald Trump. Su primera estadía en la Casa Blanca ha transformado normas y comportamientos asociados a la Presidencia a golpe de tweet y fiel a la filosofía de “America First”, la cual no ha producido grandes logros y sí numerosas polémicas.

Al igual que durante su campaña electoral, Trump no ha dejado indiferente a nadie dentro ni fuera de Estados Unidos en sus primeros doce meses de mandato.

Bajo el foco implacable de uno de los cargos más demandantes del mundo, plagado de desafíos cotidianos, Trump ha revelado mucho sobre sí mismo desde el 8 de noviembre de 2016. En su primer año como presidente de Estados Unidos, Donald Trump se ha mostrado sediento de aclamación, consumido por el agravio y, para bien o para mal, cumpliendo su promesa de romper las normas del cargo.

Su índice de aprobación, de 33% según la última encuesta de Gallup, es más bajo que el de cualquier otro presidente moderno. Su primer año en la Casa Blanca fue pobre en victorias legislativas, tanto en el tema de salud como en el migratorio, y rico en escándalos que atormentarían a cualquier otro gobierno. Su campaña está bajo investigación federal por una presunta colusión con Rusia, una pesquisa que ha corroído el corazón de su administración.

Un año ha sido ya suficiente para saber qué significa Trump para la destrucción de la arquitectura multilateral internacional. Pero todavía no ha pasado plenamente a la acción en sus prometidas ofensivas de proteccionismo comercial. Estados Unidos se ha retirado del Tratado Transpacífico, dejando manos libres a China en Asia, pero está todavía renegociando el TLC y el acuerdo comercial con Corea del Sur. Y todo ello en un difícil equilibrio para no enojar a estos países, vecinos de Corea del Norte, y por tanto imprescindibles en una política de contención de su escalada nuclear.

Pero el paso de Donald por la presidencia no solo ha movido el piso de los aliados y los enemigos declarados de la superpotencia; también ha tocado con fuerza destructora las incipientes relaciones diplomáticas con Cuba, iniciadas en 2014 por su predecesor, Barack Obama. De un plumazo, Trump le prohibió a las compañías y los viajeros estadounidenses hacer negocios con 180 empresas vinculadas a los militares cubanos, incluidos tiendas, hoteles y marinas que guardan relación con el consorcio Habaguanex y el grupo Gaesa.

Igualmente, tales disposiciones sobre Cuba afectan a los propios ciudadanos estadounidenses, cuyo derecho a viajar a Cuba, único país en el mundo que no pueden visitar libremente, se verá más restringido aún. Asimismo, las medidas de Trump para impedir que llegue dinero norteamericano a instituciones militares cubanas, deberán ser acatadas por el 77% de los 2,1 millones de cubanos que viven en los Estados Unidos y tienen la ciudadanía estadounidense; o lo que es lo mismo, las sanciones afectan a casi ocho de cada diez cubanoamericanos.

Trump no solo no ha conseguido estabilizar su gobierno sino que tropieza constantemente con turbulencias, casi siempre provocadas por él mismo. Gracias a las escandalosas revelaciones del libro “Fuego y Furia. Dentro de la Casa Blanca de Donald Trump”, del periodista Michael Wolff, el presidente ha roto virulentamente con Steve Bannon, quien fue su jefe de estrategia y gurú electoral, en un nuevo episodio que revela la fragilidad del ocupante de la oficina oval, aunque reconforta al partido republicano, alarmado por la deriva extremista de la derecha alternativa  patrocinada por el asesor defenestrado.

Entre las previsiones del año abundan las conjeturas sobre la apertura de un procedimiento de destitución del presidente o impeachment, que necesitaría el acuerdo de los congresistas republicanos, o la alternativa más probable, que los demócratas tomen el control de la Cámara de Representantes, e incluso del Senado, en las elecciones de mitad de mandato de noviembre y puedan intentar entonces la destitución. Dejarlo sin mayoría en el congreso lo debilitaría en la aprobación de sus ansiados proyectos.

Pese a que ha hecho varios llamamientos a la “unidad” del país, empezando por su discurso de investidura, lo cierto es que Trump está gobernando para satisfacer a sus votantes y cumplir su larga lista de promesas de campaña, sin miedo a las críticas.