«Cuba es un país en ruinas», afirma el sacerdote Alberto Reyes Pías, pero advierte que el deterioro más grave no es el material, sino el humano. En su reciente reflexión, el religioso sostiene que la reconstrucción de la nación exige un cambio de sistema político, pero subraya que este será inútil si la sociedad no sana las décadas de abusos, divisiones y persecuciones mediante un perdón consciente que libere a las futuras generaciones del odio.
La reconstrucción de la sociedad cubana requiere una transformación integral que trascienda la reforma de sus leyes e instituciones. Según señala Reyes Pías en su texto «He estado pensando… (180)», la superación de décadas de deterioro material y heridas sociales exige iniciar un proceso profundo de perdón y sanación interior para evitar que el resentimiento determine el futuro de las nuevas generaciones.
En su reflexión, el presbítero Alberto Reyes Pías realiza un diagnóstico sobre la situación actual de la isla y afirma que «Cuba es un país en ruinas». A su juicio, el deterioro acumulado requiere una transformación de fondo: «Somos un país a reconstruir desde los cimientos y, para ello, es condición indispensable un cambio de sistema político, un cambio de estructura social». No obstante, el sacerdote aclaró que las reformas estructurales no bastan por sí solas para garantizar una transformación genuina: «Un país puede transformar sus leyes, sus instituciones y su sistema político, pero no logrará un cambio real si no sana los corazones de su gente, porque los cambios estructurales no hacen desaparecer las heridas acumuladas durante décadas».
El texto repasa los factores que han marcado la convivencia social y familiar a lo largo del tiempo. Al respecto, el cura expone: «A lo largo de todos estos años, nos hemos herido mucho. Nos hemos agredido, nos hemos espiado, nos hemos delatado». Asimismo, enumera situaciones específicas que han afectado a las familias: «Han mandado a nuestros hijos a guerras absurdas, y han muerto en ellas; han obligado a nuestros hijos a pasar el Servicio militar, donde muchos han sufrido abusos y otros han muerto. Han exigido a generaciones irse a las becas como condición para estudiar en la universidad, arrancándolos de sus familias a edades tempranas; han adoctrinado a nuestros hijos, los han hostigado por su fe, han perseguido y encarcelado a los que han levantado una voz diferente». Como consecuencia de estos hechos, Reyes Pías concluye que «somos un pueblo sumergido por ruinas materiales, pero más sumergido aún por nuestras heridas, nuestros rencores, nuestras rabias contenidas».
Frente al riesgo de que el resentimiento condicione el futuro, el sacerdote enfatiza que «si no sanamos los corazones, corremos el riesgo de reproducir mañana lo que hoy rechazamos, y confundir la justicia con la venganza». En este sentido, precisa la relación entre ambos conceptos: «Por eso, la justicia será necesaria, pero también lo será el perdón». Sobre el significado del perdón, el cura precisa: «Perdonar no significa olvidar, ni justificar lo injustificable, ni renunciar a la justicia que debe ser hecha. Perdonar significa negarse a que el daño recibido nos envenene el alma y sea el que determine nuestra manera de relacionarnos con los demás». Advierte además que «una sociedad que no aprende a perdonar, puede quedar prisionera de sus heridas para siempre». Por ello, el presbítero remarca que la tarea futura no se limita a la infraestructura o al marco legal: «Reconstruir nuestro país no consiste solamente en levantar edificios, reparar carreteras o cambiar instituciones, sino en aprender a mirarnos como hermanos después de tantos años de división».
Para ilustrar su planteamiento, el autor recuerda un testimonio personal: «Hace mucho tiempo, un joven me dijo: “Tengo por escrito los nombres y apellidos de todos los que me las tienen que pagar”». A partir de esa experiencia, el sacerdote propone una vía de acción individual: «Yo creo que es buena idea que cada uno de nosotros haga su lista, sin olvidar a nadie, sin que quede fuera ninguno de los que nos ha herido… y ahora, desde la serenidad del presente, desde las barreras que hoy impiden la venganza, empezar a perdonar, uno por uno, a todos aquellos que nos han hecho daño, o han hecho daño a los nuestros. Y si nos es muy doloroso, buscar ahora las ayudas necesarias, pero no dejar de hacerlo».
Finalmente, Alberto Reyes concluye con una reflexión sobre el origen del cambio social: «Porque la verdadera reconstrucción de un país que ha estado sumergido en el odio y la división comienza cuando dejamos de poner nuestro foco en el dolor y la rabia, y empezamos a preguntarnos qué podemos hacer para que nuestro corazón se libere del resentimiento y nuestros hijos no hereden nunca nuestras heridas».
Fuente: Alberto Reyes Pías
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