El profundo deterioro de la infraestructura urbana y la crisis de los servicios básicos en La Habana han llevado al límite la paciencia ciudadana, detonando un escenario cotidiano de protestas espontáneas, cacerolazos y desesperación. A través de un desgarrador testimonio capturado en la calzada de 10 de Octubre, se retrata el pulso de una sociedad atrapada entre la escasez crónica de agua, los prolongados apagones y la paradoja del descontento social. Desde pozos abiertos en plena calle que sirven como fuente improvisada de abastecimiento hasta gritos solitarios de reclamo, el relato expone no solo el colapso material de una ciudad, sino también las profundas contradicciones ideológicas y el desgaste emocional de un pueblo que transita entre la indignación y la búsqueda de supervivencia.
A través de un relato testimonial compartido en redes sociales, la actriz y locutora Laritza Camacho describe la crítica situación que se vive en las calles de La Habana —específicamente en la calzada de 10 de Octubre—, donde vecinos indignados protestan por semanas de apagones prolongados y la falta de agua dulce que obliga a la población a abastecerse de pozos abiertos en plena vía pública, evidenciando el descontento y la contradicción social frente a la gestión gubernamental.
El deterioro de los servicios básicos en la capital cubana ha llevado a la población a situaciones extremas de supervivencia y protesta. En una narración sobre lo acontecido tras un recorrido por la calzada de 10 de Octubre y la Vía Blanca, se describe un panorama desolador donde la infraestructura básica colapsó por completo: "En 10 de octubre y Vía blanca, hay un pozo de agua abierto en plena calle y la gente estaba sacando cubos y llenando cubetas".
La falta de suministros ha generado reacciones inmediatas en las comunidades. Cerca de la zona conocida como Toyo, la tensión se hizo evidente entre los habitantes y las fuerzas del orden: "Los vecinos afuera protestando, policías tratando de contener la protesta y pipas llegando al lugar, presuntamente movidos por la presión del pueblo".
En medio de esa manifestación, la escena de un anciano ciego resonó con particular fuerza entre quienes transitaban por el lugar: "A escasa cuadra y media un señor mayor y ciego, sonaba un caldero y gritaba en solitario '¿Hasta cuándo? Pongan la corriente, traigan el agua, pongan el gas...' parecía un hombre solitario pero no lo estaba... él no podía ver a nadie pero todos lo podían ver a él... y comentaban".
El malestar popular y la crítica a la gestión de la crisis se escuchan en el transporte público. Durante el trayecto en un medio de transporte local, una pasajera expresó su frustración ante la falta continuada de recursos: "Una señora dijo que algo teníamos que hacer, que estaba cansada de discursos y mentiras, que en su casa no corría agua por las tuberías hacía 7 meses ya".
Para ilustrar la inequidad en la distribución de recursos, la mujer recurrió a una analogía cotidiana: "Si me invitas a tu casa y me dices que no tienes café ni nada que brindarme, no importa, pero si aún estando yo de visita, llega otra persona y tú cuelas café, entonces no es que no tuvieras, es que no querías darme... Aquí te dicen que no hay pero para algunos siempre queda y cuando se pone la protesta dura, aparecen pipas o ponen la corriente... ¿Había o no había?".
Sin embargo, el relato resalta la compleja postura ideológica de parte de la ciudadanía cuando la mujer concluyó con una afirmación contradictoria: "'Yo no estoy en contra de esto, yo soy revolucionaria pero este gobierno es un descaro'".
Ante dicha postura, la autora señala la dinámica en la que las autoridades gestionan la inconformidad mediante alivios temporales: "Mientras sigamos estando a favor de esto y en contra de ellos, el universo no va a entendernos... ya no nos entendemos ni entre nosotros, pero ellos saben que esto les funciona... meses sin agua, protesta en la cuadra y mandan una pipa... 3 semanas hasta el cuello de apagones por más de 20 horas y cuando estás a punto de gritar, te toca el DAF y el ventilador te refresca la garganta".
El DAF se refiere a que su circuito o barrio volvió a tener electricidad de manera imprevista, lo que es festejado por los que lo reciben.
Como paradoja del nivel de resignación alcanzado, añade: "Tengo una compañera de trabajo que llegó a celebrar que le tocara el DAF el día de su cumpleaños y lo catalogó de 'mejor regalo del mundo'".
El relato concluye con una reflexión sobre el contexto social actual: "Esto es un caos. Ellos son quienes han formado el caos y como me demostró hoy el invidente de 10 de octubre: 'No hay peor ciego que quien no quiere ver'".
Fuente: Larisa Camacho
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