En una nueva reflexión de su serie "He estado pensando...", el padre Alberto Reyes Pías aprovecha la conmemoración del 11 de septiembre para abordar una de las cuestiones que considera centrales en la sociedad contemporánea: la capacidad de las ideologías para convertir las diferencias políticas, religiosas o sociales en motivos de enfrentamiento y exclusión. A partir de una anécdota sobre un niño cubano que escribió en una tarea escolar que “los yanquis son humanos”, Reyes cuestiona los mecanismos de adoctrinamiento y sostiene que ninguna nacionalidad, religión o corriente política debe convertirse en justificación para odiar al otro. En su análisis, establece un paralelismo entre el fanatismo que condujo a grandes tragedias históricas y determinadas prácticas represivas de la Cuba revolucionaria, para concluir con un llamado a educar no solo en conocimientos, sino también en valores humanos.
En su publicación, Alberto Reyes Pías parte de una reflexión sobre el significado del 11 de septiembre y rechaza la idea de explicar la tragedia de las Torres Gemelas desde una nacionalidad o una religión. Para el autor, el origen del problema se encuentra en el fanatismo ideológico y en una visión del mundo que divide a las personas entre buenos y malos.
Reyes resume esa lógica de enfrentamiento al señalar que los considerados “malos” terminan siendo vistos como personas que “necesitan ser odiados, castigados, eliminados”. Desde esa perspectiva, advierte que el peligro no reside únicamente en una ideología determinada, sino en cualquier sistema de pensamiento que pretenda establecer quién tiene derecho a pensar correctamente y quién debe ser condenado por pensar diferente.
La reflexión incorpora entonces una historia situada en Cuba. Un niño de seis años recibe como tarea construir una oración utilizando la palabra “yanqui”. Ante la pregunta de qué debía escribir, sus padres le dejan libertad para crear la frase. El niño responde: “Los yanquis son humanos”.
Para el sacerdote, esa respuesta aparentemente sencilla representa precisamente el problema de una educación basada en la confrontación ideológica. El autor imagina las consecuencias que podría haber tenido la frase en un contexto de adoctrinamiento: cuestionamientos al niño, citaciones a sus padres y análisis sobre su supuesta falta de “ideología correcta”.
El texto también recurre al ejemplo de la Alemania nazi y al papel desempeñado por científicos que pusieron sus conocimientos al servicio de un régimen criminal. Reyes utiliza ese episodio para subrayar que la inteligencia y la preparación académica no garantizan por sí mismas una conducta humana y ética.
En ese sentido, afirma que científicos de primer nivel pudieron participar en prácticas atroces porque habían quedado subordinados a una ideología que los llevó a considerarse superiores y con autoridad para decidir sobre la vida de otros.
Posteriormente, el autor dirige su mirada hacia la historia reciente de Cuba y menciona episodios como los fusilamientos en La Cabaña, la UMAP, las “marchas del pueblo combatiente”, los actos de repudio, las citaciones de la Seguridad del Estado y el encarcelamiento de personas que han reclamado sus derechos.
La idea que el clérigo camagüeyano identifica detrás de esas prácticas es la imposición de una verdad política desde el poder. Lo expresa de manera directa: “yo decido qué está bien y qué está mal, yo decido cuál es ‘el camino correcto’”.
El autor sostiene que esa lógica termina negando al individuo la posibilidad de pensar y actuar de manera diferente. Y resume la relación entre ideología, poder y represión con otra frase contundente: “Y como soy yo quien tiene el poder, sólo te queda someterte, o habrá consecuencias.”
El cierre de la reflexión abandona el terreno estrictamente político para centrarse en la educación y en la formación de las nuevas generaciones. Reyes plantea que el éxito académico no es suficiente si no está acompañado por una formación ética y humana.
Por eso concluye defendiendo una educación que vaya más allá de las ciencias, las letras o la biología y que también enseñe “humanidad, amor, perdón, tolerancia, aceptación del otro”.
Fuente: Padre Alberto Reyes
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