A Gustavo ‘Cuban Assassin’ Trujillo, lo tienen “de lado” y “cercado” en el boxeo a puño limpio (bare knuckle) porque tuvo “ciertos problemas” con personas poderosas, que “hacen mal, meten el pie e incluso pagan mucho” para que él no pelee.
No le han dado la pelea por el campeonato de una modalidad en la que las peleas profesionales no fueron legales bajo ninguna ley federal o estatal de Estados Unidos hasta que Wyoming legalizó el deporte en 2018, aunque asegura confiado que seguirá boxeando. Resguardado en su fe en Dios y en los santos, “que son los que hablan después”, sabe que “el daño que uno hace, vira”, y que “todo pasa por algo”.
Las puertas que le han cerrado en el bare knuckle le han abierto la ventana al boxeo profesional en Estados Unidos. Está “cogiendo por otra carretera” y, “sin ser una estrella, deportivamente hablando (porque no lo soy)”, está “más en la boca de la gente” que muchos campeones del boxeo, “por lo menos” en el área de Miami.
Sobre lo cómodo que se le ha visto vencer a sus contrincantes en el pugilismo rentado hasta ahora, explica que no han sido peleadores de tanto nivel porque “estoy empezando”. “Cuando lleguen mejores (peleadores), llegará el dinero, pero todo lleva un proceso”.
Desde la óptica de Gustavo, el boxeo no sirve para ganar medallas ni diplomas, sino dinero. “Busco peleas grandes, que paguen billete”. Ya trofeos y reconocimientos tuvo en Cuba. Si bien no descarta la posibilidad de ser campeón, “el título, el aplauso, la fiestecita y el cake” ya no son para él, que salió de la isla en 2014.
Dice que necesita dinero porque el hombre que no lo haga es “una hormiga en el desierto”. Cuando lo tenga, “si quiere venir el campeonato, que venga”. No puede limitarse a “ponerle el cinturón a mi niña cuando cumpla 15 años y decirle feliz cumpleaños” porque quiere hacerle una fiesta por todo lo alto.
A sus 30 años, este corpulento boxeador reconoce que no pocos campeones, principalmente en los “pesos chiquitos”, tienen el cinturón, pero “no money”. “La gente piensa que con el campeonato eres millonario, pero no es así”. En cualquier caso, los heavyweight (pesos pesados), como Gustavo, aunque no sean campeones, ganan mucho dinero.
“Está muy bonito el cinturón, pero uno tiene que venderse”. Si no se vende, no gana dinero porque nadie compraría su Pago Por Evento o PPV (Pay Per View), por sus siglas en inglés. No puede olvidar que, desde la incursión de la televisión al deporte, llegó la posibilidad de pagar por ver programas en un horario fijo. O sea, que si compran más el PPV de las peleas de Gustavo, “más me pagarán”, incluso “más que a otro que pelee por el campeonato”.
Huir de un sistema que “mata y oprime”
Gustavo, de 188 centímetros de estatura y oriundo de la central provincia de Ciego de Ávila, detalla que en Cuba siempre ha habido deportes priorizados, como la pelota o, en menor medida, el boxeo. “Ya a los demás los tienen ahí, pero sin las mismas atenciones. Los otros deportes están jodidos”.
Tras practicar boxeo y lucha grecorromana desde muy temprana edad, resalta que, en la instalación conocida como “Cerro Pelado”, ubicada en La Habana, “están todos los deportes de combate, menos el boxeo”.
Los boxeadores permanecen en un lugar llamado “La Finca”, donde pueden incluso convivir con sus esposas en algo parecido a “un apartamento”. Allí la alimentación y el confort son diferentes.
Para Gustavo, que cuando pertenecía al equipo nacional de lucha, dormía con otros tres compañeros en un cuarto, el trato debería ser parejo porque, de una forma u otra, “todos los deportistas entrenan y se sacrifican para obtener una medalla”.
En aquellos tiempos, a él le cancelaron los viajes a competencias internacionales para llevar en cambio “a los hijos de un ministro o de ciertas personalidades de la cúpula cominista”. En Cuba, “si tú eres bueno, pero no eres influyente, estás embarcado”, porque hasta el entrenador quiere “quedar bien con la gente del gobierno”.
No en vano, aunque ya había estado en países como Honduras y Ecuador, supo que tenía que “cambiar de horizontes” cuando visitó Panamá. Allí vio cómo un luchador, que había perdido con él y que “ni siquiera era bueno”, manejaba un Mercedes, tenía un Iphone y vivía en un apartamento propio gracias a su sueldo, algo que Gustavo sabía que difícilmente podría lograr en Cuba.
Hasta ese momento, para tener un desodorante y calzoncillos o zapatos “de marca”, sus compañeros de equipo y él tenían que cambiar o vender los uniformes, “que era lo más grande que teníamos y que nos daban uno al año”.
Un balsero, de República Dominicana a Puerto Rico
Gustavo, que ya tenía previsto quedarse en República Dominicana durante los entrenamientos del equipo de lucha, tuvo la mala suerte de que su compañero de cuarto-a quien único le había confesado sus planes-, fuera un agente de la Seguridad del Estado. “En Cuba, si hay 30 atletas en un equipo, hay diez que son de la Seguridad. Están callados, pero trabajan para el gobierno. Son atletas encubiertos”, recalca.
Recuerda que fue en un mall que le dijo a su compañero de equipo, el espirituano Javier Numérico, que “siempre andaba conmigo”, que quería quedarse en República Dominicana para cruzar en una lancha hasta Puerto Rico. A la mañana siguiente, a Gustavo le quitaron el pasaporte y el único atleta que faltaba era el propio Javier. “Sabía que me había echado palante”.
A pesar de que lo encerraron en la habitación hasta que Inmigración lo detuviera, ‘Cuban Assassin’ logró saltar por la ventana e ir a parar a casa de un amigo, donde permaneció escondido hasta que el padre del muchacho los expulsó a ambos a la calle.
Estuvo alrededor de cinco meses comiendo lo que encontraba en los latones de basura y durmiendo en los techos de las casas quisquellanas. También lavó platos. Gracias a ese trabajo y a la ayuda de un amigo pelotero, Yankiel Flores, logró salir de Dominicana y arribar por mar a territorio estadounidense sólo meses antes de que Barack Obama levantara la ley de Pies secos, pies mojados.
Con el dinero completo para ir de Dominicana a Puerto Rico en busca del sueño americano, Gustavo pasó un mes con otras 30 personas que emprenderían el mismo viaje. Con el rostro apretado y todavía sorprendido, rememora que el día de la esperada travesía salieron dos lanchas y una balsa Zodiac, en la que lo montaron a él y a un iyawo que aseguraba que Elegguá iba abriéndoles los caminos. Sólo la Zodiac no se hundió. “Todos los que no iban conmigo, se ahogaron”.
Ya en Estados Unidos pensaba (“como casi todo el que llega”) en trabajar, hacer su dinero e ir para Cuba, y, aunque sabía que muchas cosas en su terruño no marchaban bien, no fue hasta que oyó hablar a Alexander Otaola que “se me prendió la chispa” y supo que tenía que alzar su voz a favor de un cambio de sistema en la isla.
Así nació en Gustavo un influencer activo y anticomunista: comenzó a reunirse con muchos opositores y se puso el pullover con la frase “(Miguel) Díaz-Canel, singao”. El “carro” de su disidencia política no se desaceleró desde entonces, sino que “va a mil millas por hora y de él no me voy a bajar”.
Están los fanáticos al Real Madrid o al Barça, y los que, como Gustavo, se declaran fanáticos "a la causa por la libertad de Cuba”. Se siente mal el día que no hace algo por eso. Tiene claro que “los cubanos somos esclavos de un sistema que nos mata y que nos oprime”, y que, fuera del ring, su única pelea es “contra la dictadura”.
De “Black Panter” a “Cuban Assassin”
Hace muchos años atrás, Gustavo no era ‘Cuban Assassin’, sino ‘Black Panter’, pero ese nombre “no llamaba mucho la atención”. Convertirse en ‘Cuban Assassin’, cambió algo en él. “Me hizo evolucionar deportivamente en los entrenamientos”. Tuvo que prepararse el doble para encarnar con dignidad su nuevo nickname. “Estoy a años luz de lo que era antes”.
Aunque pelee dos o tres veces en el año, como boxeador que aspira a llegar a la élite de los pugilistas profesionales en Estados Unidos, Gustavo se ejercita todos los días. Normalmente se despierta a las 5:30 de la mañana para entrenar. Corre media hora, hace abdominales y regresa a casa para llevar a su niña a la escuela. Luego, se dirige al gimnasio, vuelve a casa y de ahí, al gimnasio otra vez. “Son de dos a tres entrenamientos diarios. Descanso más o menos el domingo, que sólo corro”.
En sólo minutos, en una pelea tú puedes noquear o ser noqueado, o puede haber decisión de los jueces. Por ende, para él, 25 minutos sobre el ring “no son nada” comparados con dos o tres meses de preparación. “Lo difícil no es la pelea, sino la preparación que se requiere para ganarla”.
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