En un inusual reconocimiento de la crisis total que atraviesa Cuba, el gobernante Miguel Díaz-Canel admitió este fin de semana que el país está prácticamente paralizado por el colapso del sistema eléctrico, aunque lejos de proponer soluciones reales, volvió a recurrir al gastado discurso de “unidad” y “fortalecimiento ideológico”.
Durante su intervención en el X Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC), Díaz-Canel reconoció que el Sistema Electroenergético Nacional (SEN) está colapsado, provocando apagones de hasta 20 horas diarias en varias provincias, afectando no solo a la vida cotidiana, sino a toda la economía nacional. "No hay abasto de agua, no hay producción material, no se pueden ofertar servicios, porque casi no hay horas de electricidad", afirmó.
El mandatario describió cómo en algunas zonas del país apenas hay entre tres y cuatro horas de electricidad al día, mientras que otras regiones pasan jornadas enteras sin servicio. La población cubana lo ha denunciado durante meses: hospitales operando a oscuras, niños estudiando sin luz, alimentos echándose a perder, y la vida diaria reducida a la espera del próximo corte de energía.
Sin embargo, lejos de presentar medidas concretas para enfrentar esta parálisis, Díaz-Canel optó por lo que ya muchos cubanos ven como una burla: volver al discurso ideológico. Pidió al Partido "fortalecer la unidad", "perfeccionar la labor político-ideológica" y "asegurar políticamente el Programa de Gobierno para corregir distorsiones".
En otras palabras, frente a una crisis energética que está ahogando a la isla, la receta sigue siendo la misma: más ideología, más centralismo, más control político. Un discurso que, tras décadas de fracasos acumulados, ya ha perdido credibilidad incluso entre quienes alguna vez creyeron en el proyecto socialista.
La realidad es otra. La infraestructura eléctrica está obsoleta, sin inversiones significativas ni mantenimiento sostenido durante años. A eso se suma la falta de combustible, una economía en ruinas, y la imposibilidad de acceder a financiamiento externo debido a la falta de reformas estructurales y a la pérdida de confianza internacional.
Díaz-Canel reconoció que la situación actual es incluso más crítica que la del llamado Período Especial de los años 90. Pero mientras entonces hubo cierto margen para la apertura y las reformas, ahora el gobierno parece estar atado a su propio discurso inmovilista.
Mientras tanto, la población cubana sobrevive como puede. Resignada en muchos casos, indignada en otros, pero cada vez más descreída de que el mismo modelo y los mismos dirigentes puedan ofrecer una salida viable.
A estas alturas, prometer más “unidad y conciencia revolucionaria” frente a un apagón de 18 horas no solo resulta ineficaz, sino insultante. La crisis cubana necesita soluciones técnicas, económicas y políticas. No más consignas.
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