La dictadura castrista continúa apostando por la propaganda política como su principal herramienta de control ideológico, promoviendo la llamada "Robo-ilusión" —una narrativa falsa de supuestos logros revolucionarios— mientras responsabiliza al "bloqueo" estadounidense de todos los males que aquejan a la nación. En realidad, se trata de un embargo comercial, cada vez más debilitado y con múltiples excepciones, que no puede seguir siendo el pretexto principal ante la crisis sistémica que consume a Cuba.
Las calles y avenidas del país ofrecen un contraste grotesco: junto a montones de basura, vehículos soviéticos desvencijados y carros de lujo recién importados desde Estados Unidos, aún se exhiben carteles y murales que glorifican la figura de Fidel Castro. Se exaltan así los presuntos "logros" de una revolución que ya no convence a nadie, mientras la infraestructura nacional se desmorona, la economía se paraliza y millones de cubanos sobreviven en una profunda incertidumbre.
La narrativa oficial pretende imponer una visión épica de resistencia, pero la realidad cotidiana la desmiente: cortes eléctricos constantes, escasez de alimentos y medicinas, servicios públicos en ruinas y una juventud que huye del país a cualquier costo. Lejos de buscar soluciones, el régimen se aferra a las mismas fórmulas caducas de represión, censura y culto a la personalidad.
En lugar de enfrentar las causas reales del colapso, el castrismo prefiere prolongar el engaño colectivo. La propaganda se mantiene como fachada de una estructura política ineficiente, desconectada del sufrimiento popular y sostenida por el miedo. La obsesión con preservar el legado de Fidel Castro se ha convertido en una carga que impide cualquier transformación auténtica.
Lo cierto es que el régimen no tiene cómo resolver la crisis porque es la raíz del problema. No hay voluntad de cambio, ni apertura real, ni reformas profundas. Solo queda el espectáculo ideológico, cada vez más vacío, como cortina de humo ante un pueblo agotado que ya no cree en promesas, ni en enemigos externos, ni en consignas gastadas.
Cuba no necesita más propaganda, necesita libertad, verdad y un proyecto de nación que ponga fin a décadas de represión y miseria.
© LaTijera
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