Irán vive horas decisivas. Desde hace cinco días consecutivos, una ola de protestas masivas sacude al país y expone con crudeza el profundo desgaste del régimen fundamentalista que gobierna desde hace más de cuatro décadas. Miles de ciudadanos han salido a las calles en decenas de ciudades para exigir un cambio político radical, en un contexto marcado por el colapso económico, la represión y la pérdida total de legitimidad del poder.
Las manifestaciones han provocado una paralización parcial del país. Empresas, universidades y oficinas estatales cerraron en al menos 21 de las 31 provincias, reflejo de una protesta que ya no es aislada ni sectorial, sino transversal. Lo que comenzó como movilizaciones pacíficas ha escalado rápidamente hacia enfrentamientos directos con las fuerzas de seguridad, especialmente en ciudades clave como Teherán, Shiraz, Isfahán y Kermanshah.
Videos difundidos en redes sociales muestran multitudes coreando consignas abiertamente contra el líder supremo, Alí Jamenei, y contra el sistema político en su conjunto. En Fasa, manifestantes irrumpieron en la oficina del gobernador local, mientras testigos aseguran que el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica respondió con disparos para dispersar a la población. Helicópteros militares sobrevolaron varias zonas, en una clara señal de intimidación.
Informes aún no confirmados apuntan a que en Ramhormoz, en la provincia de Khuzestán, los protestantes habrían tomado el control de instalaciones gubernamentales e incendiado edificios oficiales. Analistas advierten que, si el movimiento continúa expandiéndose, el régimen se verá acorralado entre ceder políticamente o recurrir a una represión aún más violenta.
La crisis ha trascendido las fronteras iraníes. Desde Estados Unidos, el presidente Donald J. Trump lanzó una advertencia directa al régimen, asegurando que, si se reprime de forma sangrienta a los manifestantes pacíficos, Washington está “listo y preparado para actuar”. Sus declaraciones han elevado la tensión internacional y alimentado el temor a una escalada mayor.
Mientras tanto, las autoridades iraníes reaccionan con movimientos desesperados. El nombramiento de un nuevo jefe del Banco Central busca contener el derrumbe financiero, y la designación de un alto mando militar vinculado a causas internacionales sensibles ha generado fuertes críticas externas. Incluso el presidente Masoud Pezeshkian ha admitido que la situación del país es “extremadamente difícil”, una confesión inusual dentro del discurso oficial.
Con una inflación desbordada, una moneda en caída libre y millones de ciudadanos empujados a la pobreza, el estallido social parece haber alcanzado un punto de no retorno. El futuro de Irán es incierto, pero una cosa es clara: el régimen enfrenta uno de los desafíos más serios desde su instauración.
Fuentes: Newsweek, Israel Hayon, Barron´s
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