Leonardo Padura: en Cuba ‘aunque no tuviera comida, tengo tiempo para escribir’

Leonardo Padura en Cuba aunque no tuviera comida tengo tiempo para escribir

El escritor Leonardo Padura conversó con La Vanguardia en una entrevista íntima que sirvió para realizar importantes declaraciones sobre Cuba, un país que lo ha acogido y que ha visto nacer importantes obras suyas.

Cubita Now les comparte este diálogo íntegramente a continuación:

¿Edad? Sólo me preocupa que falle mi detector de gilipolleces. Los escritores no somos de un país sino de una ciudad, y yo soy de La Habana, donde vivo en la casa en que nací. En Cuba no tendrás comida, pero tienes tiempo para escribir. Colaboro con el Cidob y hoy celebro los 50 años de mi editorial, Tusquets

Huérfanos de novela

Hay casos en que la ausencia de una gran novela es irremediable. En este país la hemos sentido estos años que aún esperan la obra que los explique. También la sintió Milan Kundera en Praga ante la invasión rusa antes de escribirla. Y Padura, en los momentos inciertos para Cuba de la caída del Muro y el periodo especial, alumbró al detective Mario Conde, un personaje que vale por esa gran novela para explicar la Cuba de hoy. Y también la Cuba eterna, con el ramalazo catalán de ese fundamentalismo nacionalista, apunta Padura, que hace creer a los cubanos, rodeados, como en su libro, de “agua por todas partes”, que “todo lo que ocurre en su isla tiene dimensiones universales”.

Usted es un escritor cubano que vive en Cuba…

Pero debo coincidir con Manolo Vázquez Montalbán en que los novelistas más que de un país somos de una ciudad…

¿La suya?

En La Habana gozo del raro privilegio de vivir en la casa en que nací. Es una casa grande y fresca, donde cultivo mis plátanos, aguacates, mangos, guayabas…

…¿Y largas siestas en la hamaca?

Pero lo mejor es salir a la calle y seguir siendo el hijo de Nardo, que ya murió, y Alicia, que es mi madre y tiene 91 años.

¿Le preguntan: qué hay de nuevo, viejo?

Eso es una ventaja literaria, porque salgo por mi barrio y allí sólo soy un cubano más y conecto con lo que siente la gente, y eso es importante para escribir.

¿Por qué?

Hemingway decía que para afinar su detector de gilipolleces.

Imprescindible.

Mi barrio es Mantilla, en la vera del antiguo Camino Real, y entre sus fundadores había un vasco, de apellido Padura, tal vez mi tatarabuelo. Allí seguimos sus descendientes.

¿Le preocupan sus raíces?

Me preocupan los orígenes. Hice mi tesis sobre el inca Garcilaso de la Vega y después estudié a Alejo Carpentier.

¿Tras sus pasos perdidos?

Buscando la verdad se llega a la esencia de las cosas. He estudiado la música cubana, el origen del béisbol cubano y además he trabajado de periodista y escribí largos reportajes que llegaron a ser muy populares en Cuba.

¿Sobre qué escribía?

La historia del proxeneta más famoso de Cuba; la del barrio chino –nada que ver con el de Barcelona: allí son todo chinos de verdad–; la de cómo se creó el ron Bacardí, de raíces catalanas, en Santiago; o yendo tras los pasos de Hemingway en Islas en el golfo persiguiendo submarinos alemanes por los cayos de Camagüey

¿Y cuál le enseñó más?

Todos: sin periodismo no hubiera habido literatura, pero hay que saber dejarlo a tiempo para que no se quede sólo en eso…

¿El régimen castrista no le censuraba?

La verdad es que nunca. Y los reportajes me hicieron madurar como escritor: cualquiera puede notar mi progreso en el oficio entre El aprendiz y Pasado perfecto.

 

¿Nunca ha pensado en irse?

En los noventa, Cuba sufrió una terrible crisis económica: el periodo especial. Faltaba de todo: luz, transporte, comida, cigarros, ron…Y en el 92 me fui a Nueva York a entrevistar a un viejo músico cubano, Mario Bausá. Fuimos a un bar de Harlem que se llama La Catedral y titulé la entrevista, cómo no, “Conversaciones en la Catedral”.

¿Por qué no se quedó a vivir allí?

Eso me preguntaba todo el mundo, pero yo tenía claro que para escribir tenía que estar en Cuba.

¿Por qué?

Porque allí, aunque no tuviera comida, tengo algo insustituible para un escritor: tiempo para escribir. Y volví a Cuba y trabajé como un loco para no volverme loco, porque la situación en mi país era tremenda: escribí tres novelas, ensayos, libros de periodismo, guiones de cine…

¿Cómo se hizo escritor internacional?

Con el premio Café Gijón por Máscaras y porque Cristina Fernández Cubas, que estaba en el jurado, llamó a Beatriz de Moura y le recomendó que me leyera. Y ahora celebramos los 50 años de la editorial Tusquets, a la que debo mucho de lo que soy.

¿Le ha enseñado algo el comunismo?

Haber vivido casi toda mi vida en un país comunista me da una perspectiva del mundo y las relaciones entre personas muy peculiar. El hombre que amaba a los perros es una novela que no podía haber sido escrita por un español o un francés.

¿Y por un catalán?

Los catalanes llegaron a Cuba masivamente en el XIX por la filoxera. Llegan con mentalidad fenicia a la isla y se meten en todos los negocios, que primero son pequeños y luego los convierten en grandes.

¿Nombres?

Apellidos: Xifré, Güell, Sarrà, Samà…

¿No eran tratantes de esclavos?

Algunos sí, pero la modernización de Cuba la hicieron catalanes con mentalidad catalana. El Vedado es el Eixample de La Habana, hecho por arquitectos catalanes. En el fondo, la mentalidad catalana conforma en buena parte la cubana, y eso explica que tantos cubanos que huyeron a Miami con los zapatos rotos hoy sean millonarios.

¿El cubano es el catalán del Caribe?

Para lo bueno y para lo malo. Y es que los cubanos somos fundamentalistas por influencia catalana. Lo que más me fastidia de Cuba es precisamente ese nacionalismo: de los cubanos de dentro y de los de fuera. Los cubanos se creen que todo lo que ocurre en Cuba tiene dimensiones universales.

¿Y si las tuviera?

Bueno, lo cierto es que Cuba es más grande que su geografía.