“Soy contrario a la pena de muerte, entre otras cosas porque la condena a muerte equivale a un mensaje que no comparto: 'Tú nunca podrás cambiar, tú nunca serás diferente'”, expresó este lunes el sacerdote cubano Alberto Reyes en una de sus reflexiones que compartimos íntegra a continuación.
Yo creo que en todo ser humano siempre existirá la posibilidad de ofrecer a la vida lo mejor de su alma. Y en este proceso de cambio Dios no obliga, pero no se cansa de invitar al bien que libera. Y el bien libera porque, por ejemplo:
- Perdonar cuando la herida ha sido profunda es un camino duro, pero la alternativa es sumergirnos en el rencor y en el odio y terminar, como diría el Papa Francisco: “Tomando veneno y esperando que el otro se muera”.
- Defender la verdad puede hacernos el blanco de burlas, de represalias, de abandonos… pero la alternativa es encadenarnos a lo que no creemos ni sentimos, y fingir, dejando de existir, apagando la luz propia.
- Estar disponibles para los demás puede originar estrés, cansancio, incluso molestia, pero la alternativa es encerrarse en una perenne y a la larga estéril mirada sobre sí mismo.
- Comprometerse con la fe puede acarrear incomprensiones y rechazos, pero la alternativa es construir una religiosidad teórica, llena de tradiciones vacías incapaces de tocar la vida de nadie, ni siquiera la
ropia.
No es fácil ni sencillo “ir a trabajar a la viña”, que es la metáfora de implicarse en la construcción del Reino de Dios, la construcción de un mundo donde Dios sea cada vez más conocido, respetado y amado, y donde el bien sea cada vez más fuerte. Por eso el “no quiero ir” es comprensible, incluso a veces esperable, pero la buena noticia es que el corazón humano puede cambiar, y cambiar para bien.
No tiene sentido avergonzarnos por los “noes” absurdos de nuestro pasado. Un “sí” no cambia el pasado, pero permite construir un futuro diferente.
Tampoco tiene sentido intentar forzar los “noes” de nuestro presente, ni tratarnos mal por ellos, porque detrás de esos “noes” hay muchas veces dolor, derrotas acumuladas, cansancio profundo, montañas que desaniman…
Los “noes” de nuestro presente necesitan que se dialogue con ellos, necesitan que se expongan sin reparo ante Dios, incluso cuando la frase final sea (de momento): “Voy a seguir diciéndote que no”; y los “noes” necesitan muchas veces ser compartidos con otros. Porque el paso de un “no” a un “sí” lleva tiempo. Un “no” necesita que se camine con él para llegar a ser un “sí”.
Lo único que nos cierra el futuro es aplicarnos a nosotros mismos la pena de muerte, y matar nuestra esperanza, nuestra ilusión de una vida más coherente, más cristiana, repitiéndonos la fatídica sentencia de “yo nunca podré cambiar, yo nunca seré diferente”, concluyó el sacerdote cubano Alberto Reyes.
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