El rapero cubano Jorge Lian García Díaz, conocido artísticamente como Kamankola, ha emergido como una de las voces más conmovedoras y honestas del exilio cubano. Lejos del estruendo de los escenarios, este artista ha hecho de la poesía una trinchera desde la que denuncia el dolor cotidiano de su pueblo y la indiferencia de un régimen que, en lugar de aliviar las heridas, las perpetúa.
En su reciente poema publicado en redes sociales, titulado “La Cuba que yo dejé”, Kamankola condensa la tristeza, el exilio, la represión y la desesperanza en unos versos que estremecen por su crudeza y simbolismo. “Cuba isla de muertos / Isla de llantos y hambre / Pedazo de tierra y sangre…” Así arranca un texto que no necesita gritos, porque ya duele en silencio.
La obra de Kamankola no es una excepción dentro del arte cubano contemporáneo. Son muchos los músicos, escritores y actores que, desde el exilio o desde la isla, han sentido la urgencia de hablar, de nombrar lo que se sufre, y de denunciar el deterioro progresivo de la vida en Cuba. Lo hacen con el arte como escudo y la palabra como lanza, aun sabiendo que el precio puede ser el exilio, la censura o el silencio forzado.
Los artistas cubanos no solo denuncian la represión política, sino también la pérdida del afecto, de la esperanza y de los lazos familiares. Kamankola escribe sobre un país donde “amar está prohibido”, una metáfora poderosa de un Estado que, en su empeño por controlar, ha terminado por sofocar incluso los sentimientos más íntimos.
Desde la falta de alimentos y medicinas hasta el exilio obligado, la obra de Kamankola toca las fibras de una nación desangrada. En Navidad, Día de la Mujer o cualquier fecha significativa, sus poemas recuerdan que en Cuba muchas fechas se viven más con duelo que con celebración.
La respuesta del gobierno cubano ante estas expresiones ha sido, como de costumbre, la negación y el desprecio. Mientras los artistas alzan sus voces, el régimen opta por el desinterés, por seguir hablando de conquistas que solo existen en la propaganda oficial.
El arte cubano está lleno de nombres que se han convertido en conciencia colectiva. Kamankola es uno de ellos. No desde la grandilocuencia, sino desde la ternura y el dolor que brotan de cada verso como un clamor por un país distinto, libre, donde amar y soñar no sea un acto subversivo.
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