La medicina en Cuba, durante años presentada como un estandarte de orgullo nacional y ejemplo internacional de atención universal, hoy enfrenta una profunda crisis moral y humana que amenaza con sepultar la esencia misma de su misión: ¡salvar vidas!.
Testimonios como el de la Dra. Anabel Obregón, ginecóloga en Placetas, Villa Clara, revelan el trasfondo siniestro de una política sanitaria que ha dejado de priorizar al paciente para enfocarse en mantener cifras políticas y estadísticas maquilladas.
Según el relato compartido por el médico Alexander Jesús Figueredo Izaguirre, la Dra. Obregón salvó recientemente la vida de una recién nacida en estado crítico, actuando con urgencia y profesionalismo al detectar signos de sufrimiento fetal con los pocos recursos disponibles: un simple fetoscopio manual.
Sin acceso a equipos electrónicos ni condiciones óptimas, logró realizar una cesárea de emergencia, apoyada por una neonatóloga que, con loable vocación, se presentó sin demora. El esfuerzo conjunto de ambas médicas logró estabilizar a la niña, quien fue trasladada en estado grave a cuidados intensivos.
Sin embargo, el acto heroico no fue reconocido... ¡todo lo contrario! La doctora fue citada al día siguiente por las autoridades de Salud Provincial, donde fue interrogada y reprendida. “¿Por qué hiciste la cesárea? Ese bebé debía morir dentro del útero”, le dijeron.
La explicación fue aún más desgarradora: si la niña moría dentro del útero, no contaría como muerte infantil en las estadísticas oficiales. Pero si moría tras el parto, sí se contabilizaría y eso podría implicar repercusiones políticas para el hospital y el sistema de salud.
Esta afirmación desnuda, cruda, sin sentimiento alguno es una realidad estremecedora: en Cuba, según denuncias de médicos y trabajadores del sector, muchas decisiones clínicas están condicionadas por los intereses del Estado en conservar una imagen internacional favorable, incluso a costa de la vida humana.
Los médicos son obligados a priorizar las estadísticas por encima de su juramento hipocrático. Actuar para salvar una vida puede convertir al profesional en blanco de represalias, sanciones, o incluso la pérdida de su carrera.
Este tipo de denuncias no son casos aislados. A través de redes sociales y foros independientes, cada vez más médicos cubanos están alzando la voz, hartos del silencio y el temor. Relatan cómo son presionados a no reportar casos reales, a aceptar condiciones infrahumanas de trabajo y a callar ante la escasez de insumos, medicamentos y personal capacitado.
La historia de la Dra. Obregón no solo revela la decadencia del sistema sanitario cubano sino que también pone en evidencia una estructura donde la vida de un bebé puede representar un “problema político”.
Es una acusación grave, pero también un llamado urgente: ¡la medicina debe ser un acto de humanidad, no una herramienta propagandística!
Hasta que no se priorice al ser humano por encima del dato, ninguna estadística tendrá valor real. Y ningún médico debería tener que elegir entre salvar una vida o salvar su carrera.
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