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“Cultura de apagones”: la vida a oscuras en un edificio de 18 plantas en La Habana

Redacción de CubitaNOW ~ sábado 14 de febrero de 2026

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«¿Hay alguien atrapado en el ascensoooor?», grita Heidi Martínez mientras ilumina con la linterna de su móvil el hueco del elevador. A sus 53 años, esta administradora de un edificio de 18 plantas en Alamar, en las afueras de La Habana, se ha convertido en experta en abrir manualmente el ascensor cuando los cortes eléctricos dejan a algún vecino encerrado entre pisos.

En su barrio, los apagones ya no son una excepción sino la norma. “Hemos cogido cultura de apagones”, resume con ironía. En las últimas semanas, los cortes se han intensificado hasta alcanzar entre 15 y 20 horas diarias en distintas zonas del país. Según cifras oficiales, Cuba sufrió recientemente uno de los apagones más extensos de su historia, con más del 64 % del territorio sin suministro en el momento de mayor demanda.

En Alamar, el problema no es solo la duración, sino el llamado “quita y pon”: interrupciones repetidas, sin horario fijo ni patrón previsible. La electricidad puede irse y volver varias veces en un mismo día, lo que impide organizar cualquier rutina. Cocinar, almacenar alimentos o simplemente dormir se convierte en un desafío constante.

Erleny, de 49 años, asegura que nadie logra acostumbrarse a esta incertidumbre. “Uno piensa que ya lo ha visto todo, pero siempre empeora”, comenta. Para Gladys Berriel, profesora jubilada de 74 años, la crisis comenzó a sentirse con fuerza en 2023 y desde entonces no ha mejorado. La falta de programación oficial agrava la frustración de los vecinos, que no saben cuándo podrán usar sus electrodomésticos sin riesgo.

El impacto económico es devastador en un contexto de inflación y escasez. Berriel cuenta que reparar su nevera dañada por los constantes cortes le costó 5.000 pesos, más que su pensión mensual de 3.156. “Es elegir entre comer o arreglar lo poco que tienes”, lamenta. Muchos residentes optan por desconectar sus equipos cada vez que se va la luz, pero el “quita y pon” hace imposible reaccionar a tiempo.

El Gobierno cubano atribuye el agravamiento de la crisis energética a lo que define como un “asedio petrolero” de Washington, que habría reducido la entrada de combustible desde el 9 de enero. La isla produce apenas un tercio de la energía que consume y depende de importaciones para sostener un parque termoeléctrico obsoleto y con frecuentes averías.

Ante la escasez, las autoridades han aplicado medidas de contingencia: servicios mínimos en hospitales, enseñanza remota en universidades y racionamiento severo de combustible. Sin embargo, para los vecinos de barrios como Alamar, estas decisiones no alivian la angustia diaria de vivir a oscuras.

En el edificio de Heidi, cada apagón es también una carrera contra el tiempo para evitar accidentes. Ascensores detenidos, escaleras sin iluminación y ancianos atrapados en sus apartamentos forman parte de una rutina que ya nadie considera provisional.

Mientras las explicaciones oficiales apuntan a factores externos, la realidad en los hogares es una lucha cotidiana por adaptarse a la incertidumbre eléctrica. Y en medio de esa penumbra, la linterna del móvil de Heidi se ha convertido en símbolo de una resiliencia forzada que, lejos de ser heroica, es simplemente una necesidad para sobrevivir.

(Con información de EL Debate)


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