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Celebrada marcha de las antorchas en un país apagado

Redacción de CubitaNOW ~ miércoles 28 de enero de 2026

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Este 27 de enero, víspera del natalacio de Apóstol José Martí volvió a repetirse la tradicional Marcha de las Antorchas, con jóvenes recorriendo las calles y levantando fuego en nombre de la historia y los símbolos patrios. Sin embargo, el contraste con la realidad cotidiana del país hizo que para muchos la imagen resultara más cercana a una puesta en escena que a una celebración nacional.

Mientras las cámaras enfocaban filas organizadas y consignas aprendidas, en miles de hogares cubanos la noche transcurría sin electricidad, con refrigeradores apagados, ventiladores inmóviles y familias intentando dormir en medio del calor y los mosquitos. La antorcha, que se presenta como símbolo de luz, coincidía con un país que lleva meses sumido en apagones prolongados y racionamientos cada vez más severos.

La escena no pasó desapercibida: fuego en las calles, pero fogones apagados en las cocinas. Jóvenes marchando por convocatoria oficial (obligatoria), mientras otros jóvenes hacen colas interminables para conseguir pan, arroz o un poco de aceite. El mensaje que muchos perciben no es de esperanza, sino de desconexión entre el acto político y las necesidades urgentes de la población.

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Para buena parte de los cubanos, la prioridad no es desfilar, sino resolver el día a día: cómo conservar los alimentos sin corriente, cómo cargar un teléfono para comunicarse, cómo estudiar o trabajar cuando la luz se va durante horas. En ese contexto, la marcha no se interpreta como homenaje, sino como demostración de que el aparato político sigue funcionando para actos simbólicos, aunque los servicios básicos sigan colapsados.

El uso de estudiantes y trabajadores en actividades masivas también genera cuestionamientos. Muchos asisten por compromiso institucional, por presión de centros de estudio o de trabajo, más que por convicción personal. La participación, lejos de reflejar entusiasmo, termina siendo leída como parte de una rutina obligatoria que poco tiene que ver con el sentir real de la calle.

La Marcha de las Antorchas nació como gesto de rebeldía juvenil en otro momento histórico. Hoy, para muchos, se percibe como un ritual repetido que no dialoga con la crisis actual. Cuando la mayor preocupación de la población es sobrevivir, el simbolismo pierde fuerza y se transforma en un recordatorio de las carencias que no se resuelven.

En un país donde los hospitales enfrentan falta de insumos, los salarios no alcanzan y la emigración continúa vaciando barrios y familias, las antorchas no logran ocultar el cansancio social. La luz que se necesita no es la de una procesión, sino la de soluciones reales.

Anoche hubo fuego en las manos, pero no en las casas. Hubo consignas en las calles, pero silencio en los apagones. Y mientras el acto se transmitía como muestra de unidad, la realidad seguía marcando que la mayor marcha del país es la de quienes buscan irse o simplemente resistir otro día más.

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