Cuando se escriba la historia futura de Cuba, la debacle de la industria azucarera podría llamarse un “crimen de lesa economía”, como apunta la profesora Alina Bárbara López Hernández. La industria que alguna vez fue columna vertebral de la economía nacional y pionera en generación eléctrica mediante biomasa hoy apenas sobrevive en ruinas.
El 5 de febrero de 2026, mientras La Habana sufría apagones de hasta doce horas y el 93% del transporte público permanecía paralizado, Miguel Díaz-Canel apareció en televisión para una conferencia que, más que preguntas incisivas, fue un “monólogo propagandístico”, según Alina. Solo medios oficiales o aliados como Russia Today, Xinhua y Prensa Latina participaron, sin cuestionamientos sobre cifras ni cronogramas. Díaz-Canel calificó el déficit energético como “controlable” y llamó la atención sobre la “percepción” de la población, acusando a Estados Unidos de manipular la narrativa de crisis.
La biomasa, concepto central en su discurso, fue históricamente la mayor ventaja energética de Cuba. En 1991, la industria azucarera generaba 1.262 GWh con bagazo y residuos agrícolas, equivalente al 9,6% de la electricidad nacional. Con modernización, la producción podía superar los 32.832 GWh, según tecnologías de cogeneración avanzadas.
Sin embargo, la “Tarea Álvaro Reynoso” de 2002 cerró 71 de 156 centrales, desmantelando calderas y turbogeneradores, mientras más de 1,3 millones de hectáreas de caña quedaron abandonadas y 213.000 trabajadores fueron desplazados.
Hoy, Cuba genera apenas 532 MW de electricidad con biomasa, menos del 4% de su capacidad potencial. La Isla está literalmente cubierta de recursos: marabú, residuos agrícolas y basura urbana podrían alimentar plantas de biogás o cogeneración. Pero Alina destaca que “no hay sistema que la convierta en energía, porque ese sistema fue desmantelado, vendido como chatarra, y reemplazado por retórica”.
El legado histórico de la industria azucarera, documentado por Manuel Moreno Fraginals, se transformó en campos de marabú, bateyes fantasmas y centrales clausuradas. La producción cayó de 8,1 millones de toneladas de azúcar a menos de 150.000, mientras Cuba importa azúcar de Estados Unidos por millones de dólares.
El discurso de Díaz-Canel sobre biomasa es un “conjuro vacío”, dice Alina: habla de soluciones energéticas sin calderas, sin turbinas, sin trabajadores, sin fertilizantes ni financiamiento. Las medidas anunciadas se asemejan a los fracasos repetidos de la planificación socialista, donde la medida-anuncio-fracaso es un patrón histórico.
Alina concluye que lo destruido no fue solo una industria: “Destruyeron cuatro siglos de historia, millones de vidas, un ecosistema productivo irrepetible y la última oportunidad de Cuba de convertir su pasado azucarero en un futuro energético”.
Hoy, la biomasa es abundante, pero sin capacidad industrial ni visión política, permanece como un símbolo de potencial desaprovechado y promesas incumplidas. La Cuba de 2026 paga el costo de decisiones políticas que priorizaron la ideología sobre la eficiencia, y la población observa cómo una ventaja histórica se convierte en un recurso desperdiciado bajo la sombra del Estado.
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