Hubo un tiempo en que entrar a una Escuela Militar "Camilo Cienfuegos" era casi un honor. En las casas cubanas se colgaban con orgullo las fotos del hijo vestido de verde olivo, desfilando al compás de la patria. Ser camilito era ser alguien: uniforme almidonado, pasos marciales, futuro garantizado en el engranaje del sistema. Padres humildes apostaban por ese camino con la esperanza de ver a sus hijos “hechos hombres”, disciplinados, formados, respetados.
Pero hoy, ese pasado es apenas una sombra borrosa. La realidad que viven los camilitos actuales no tiene nada que ver con el mito fundacional. “Éxodo” ya no es solo una palabra bíblica: es el grito silencioso de quienes entran y salen de estas escuelas sin fe ni motivación. Escuelas que un día albergaron cientos de jóvenes hoy apenas tienen salones ocupados. El "Antonio Maceo", una vez baluarte militar del oriente cubano, apenas reúne 35 estudiantes en un curso entero.
De la solemnidad de los desfiles hemos pasado a los pupitres vacíos. Del “honor militar” al desencanto absoluto. Los jóvenes ya no se tragan la vieja narrativa de la revolución. Saben que ser camilito es, en realidad, la antesala de una trampa: tres años en uniforme verde que desembocan directamente en el servicio militar obligatorio.
Y si se niegan, como muchos intentan hacerlo, reciben multas impagables o castigos absurdos como la negación del acceso a la universidad, o el retraso de sus trámites migratorios.
En redes sociales, exalumnos lo cuentan sin tapujos: humillaciones, restricciones, vigilancia ideológica y sobre todo, un sistema ciego a la realidad del país. La juventud no quiere pertenecer a un aparato militar que defiende una dictadura envejecida. Y si aún hay quienes entran, es solo por no tener otra opción inmediata, no por vocación ni convicción.
El régimen no lo dirá abiertamente, pero lo sabe: las escuelas militares ya no forman soldados leales, sino jóvenes desilusionados que apenas pueden esperar el momento de marcharse. Cuba entera se les cae a pedazos, y con ella, el mito de los camilitos se hunde en el silencio de sus dormitorios vacíos.
En este ambiente asfixiante, muchos estudiantes piden la baja tan pronto como entran. Pero la respuesta del sistema no es comprensión, sino castigo: multas de hasta 10 mil pesos o años de espera para acceder a oportunidades educativas o migratorias. El control estatal sobre sus vidas no se detiene ni siquiera cuando ya han salido de la escuela.
Ya no son soldados en formación. Son rehenes de una ideología muerta que los empuja a escapar de su propio país.
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